Alumnos como maestros. Confrontación = primer paso para el diálogo
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Hoy (ayer), cuando el resto de los alumnos abandonaban el salón, uno de ellos, Julio, me comentó que se estaba sintiendo defraudado por el giro que empezaban a dar las clases. Acababa de terminar una en la que yo, por ejemplo, había hablado más de tres cuartas partes de la misma. Y no para dar una lección magistral de comunicación, sino para insistir en la parte organizativa del curso, en lo que "vamos a hacer" pero aún no hacemos, en ese sueño de construir una comunidad de aprendizaje que aún es solo eso, un sueño, que ilusiona a algunos y a otros simplemente les suena, de momento, a cuento chino de profe de letras.
Se requieren muchas agallas para decirle cara a cara a un profesor lo que no te está gustando de su clase. Y hacerlo además sin agresividad, como quien constata un hecho. Se requiere también de un profesor, concédame ese mérito, capaz de haber inspirado la confianza suficiente para que un alumno se atreva a hacerlo. De haber abierto un canal de comunicación personal.
Entiendo a Julio. Hablar de un sinfín de posibilidades, de retos, de roles, de actividades... y no estarlas experimentando produce el desaliento de Tántalo, condenado a padecer hambre y sed eternas en un lago, encadenado, con el agua al cuello y, para colmo, bajo un árbol de frutos deliciosos cuyas ramas, al alargar la mano, se alejan.
Todo aún, es verdad, está por construir. Pero supongo que los alumnos esperan, algunos con impaciencia, como Julio, que sea yo y no ellos quien lo lleve a cabo. Son muchos años escolares (siglos, más bien, desde el XVI), en los que la clase orbita en torno al maestro. Consciente de ello, el Tec insiste en convertir las clases en proyectos en los que el alumno se ponga manos a la obra. Ellos en el centro de la acción, pero bajo una agenda diseñada y dirigida completamente por el profesor, su líder.
Mi intento es, parcialmente, otro y sé que estoy condenado al destino de Tántalo. Mi intento es hacer de la clase una comunidad donde los alumnos tengan cierto poder de decisión y donde podamos experimentar el luminoso caos de desarrollar entre todos una red de aprendizaje y colaboración, más allá del programa o de la evaluación.
No es una ocurrencia lunática. Empresas como Google, fenómenos emergentes como los bancos de tiempo o innovaciones sociales como los laboratorios ciudadanos apuntan hacia esta cultura en red, está lógica orgánica que está ganando relevancia en las empresas, la política ciudadana o la ciencia. El dilema es cómo llevar esa cultura a un salón de clase cuya costumbre apunta en la dirección contraria: hacia el poder del profesor y el control institucional de la evaluación.
Estoy intentándolo. Y voy a dejarme la piel en ello. Y me equivocaré muchas veces, como en la clase del jueves. Pero creo que es lo mejor y lo más honesto que puedo ofrecerles a estas personas, los alumnos, que son también mis maestros. Como Julio, quien me señala mi desviación respecto al camino que yo mismo propongo. Benditos sean estos alumnos y estos desencuentros, pues son garbanzos de a libra, oportunidades de oro para hacer de la clase una experiencia viva, controversial, dialogada, "under construction". Para mover el tapete. Para acalambrarnos y despertarnos.
Julio, tal vez sin ser consciente de ello, al enfrentarse al profesor experimentó una sensación de confianza y determinación que en sí misma constituye, a mis ojos, el mayor aprendizaje posible que este modelo de clase ofrece: el empoderamiento. Falta que ahora yo sepa escuchar su lección para acelerar los beneficios del modelo (denme chance, esto acaba de empezar y había que construir las reglas, el mapa del viaje, la agenda). Y falta, también, que él o cualquier otro alumno inquieto, no se quede en la queja o la resignación y dé un paso al frente para co-construir la clase. Para aprender, fundamentalmente, no solo del maestro sino de sí mismos. Y para hacerlo en diálogo.
Nota: Nunca llueve a gusto de todos. Justo el día en que un alumno, Julio, me expresó su inconformidad, otro compañero, justo unos segundos antes, se acercó a mí para darme la mano y, con ello, las gracias (así sentí su gesto), por la clase. Quod mundi diversa est . ;-)
Hoy (ayer), cuando el resto de los alumnos abandonaban el salón, uno de ellos, Julio, me comentó que se estaba sintiendo defraudado por el giro que empezaban a dar las clases. Acababa de terminar una en la que yo, por ejemplo, había hablado más de tres cuartas partes de la misma. Y no para dar una lección magistral de comunicación, sino para insistir en la parte organizativa del curso, en lo que "vamos a hacer" pero aún no hacemos, en ese sueño de construir una comunidad de aprendizaje que aún es solo eso, un sueño, que ilusiona a algunos y a otros simplemente les suena, de momento, a cuento chino de profe de letras.
Se requieren muchas agallas para decirle cara a cara a un profesor lo que no te está gustando de su clase. Y hacerlo además sin agresividad, como quien constata un hecho. Se requiere también de un profesor, concédame ese mérito, capaz de haber inspirado la confianza suficiente para que un alumno se atreva a hacerlo. De haber abierto un canal de comunicación personal.
Entiendo a Julio. Hablar de un sinfín de posibilidades, de retos, de roles, de actividades... y no estarlas experimentando produce el desaliento de Tántalo, condenado a padecer hambre y sed eternas en un lago, encadenado, con el agua al cuello y, para colmo, bajo un árbol de frutos deliciosos cuyas ramas, al alargar la mano, se alejan.
Representación
Todo aún, es verdad, está por construir. Pero supongo que los alumnos esperan, algunos con impaciencia, como Julio, que sea yo y no ellos quien lo lleve a cabo. Son muchos años escolares (siglos, más bien, desde el XVI), en los que la clase orbita en torno al maestro. Consciente de ello, el Tec insiste en convertir las clases en proyectos en los que el alumno se ponga manos a la obra. Ellos en el centro de la acción, pero bajo una agenda diseñada y dirigida completamente por el profesor, su líder.
Mi intento es, parcialmente, otro y sé que estoy condenado al destino de Tántalo. Mi intento es hacer de la clase una comunidad donde los alumnos tengan cierto poder de decisión y donde podamos experimentar el luminoso caos de desarrollar entre todos una red de aprendizaje y colaboración, más allá del programa o de la evaluación.
No es una ocurrencia lunática. Empresas como Google, fenómenos emergentes como los bancos de tiempo o innovaciones sociales como los laboratorios ciudadanos apuntan hacia esta cultura en red, está lógica orgánica que está ganando relevancia en las empresas, la política ciudadana o la ciencia. El dilema es cómo llevar esa cultura a un salón de clase cuya costumbre apunta en la dirección contraria: hacia el poder del profesor y el control institucional de la evaluación.
Estoy intentándolo. Y voy a dejarme la piel en ello. Y me equivocaré muchas veces, como en la clase del jueves. Pero creo que es lo mejor y lo más honesto que puedo ofrecerles a estas personas, los alumnos, que son también mis maestros. Como Julio, quien me señala mi desviación respecto al camino que yo mismo propongo. Benditos sean estos alumnos y estos desencuentros, pues son garbanzos de a libra, oportunidades de oro para hacer de la clase una experiencia viva, controversial, dialogada, "under construction". Para mover el tapete. Para acalambrarnos y despertarnos.
Julio, tal vez sin ser consciente de ello, al enfrentarse al profesor experimentó una sensación de confianza y determinación que en sí misma constituye, a mis ojos, el mayor aprendizaje posible que este modelo de clase ofrece: el empoderamiento. Falta que ahora yo sepa escuchar su lección para acelerar los beneficios del modelo (denme chance, esto acaba de empezar y había que construir las reglas, el mapa del viaje, la agenda). Y falta, también, que él o cualquier otro alumno inquieto, no se quede en la queja o la resignación y dé un paso al frente para co-construir la clase. Para aprender, fundamentalmente, no solo del maestro sino de sí mismos. Y para hacerlo en diálogo.
Nota: Nunca llueve a gusto de todos. Justo el día en que un alumno, Julio, me expresó su inconformidad, otro compañero, justo unos segundos antes, se acercó a mí para darme la mano y, con ello, las gracias (así sentí su gesto), por la clase. Quod mundi diversa est . ;-)

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